miércoles, 23 de noviembre de 2011

ENIGMA




Nebulosa. Superficie terrestre en infrarrojos. La tierra está oscura. Relieve cósmico suspendido en el abismo. Falta oxígeno. El tiempo no llega nunca. Harold John huye jadeante por extraños pasadizos de gimnasio y espejismos de laberintos acotados al aire libre. Corre ralentizado. Entra en la comunidad. Se entretiene hablando con personas aparentemente conocidas, esas personas que yo también creo conocer. Intento hablar, pero no me salen las palabras. Le sigo. Harold John prosigue su andadura. Cuanto más se adentra en la tierra, más extravagante es la atmósfera. Es azufre pero es inodoro, incoloro. Estanco. Harold John camina pausado. Estoy cada vez más cerca, pisándole los talones. Oigo su respiración.  La sangre bombea mi cabeza. En un momento dado, desaparece definitivamente. Átomo cuántico convertido en polvo de estrella. Pero siento su presencia, camina conmigo. Me guía. Mis pisadas dan forma a mi huella humana. Me embarro. Hay marcas de neumático en el suelo, caóticas, desordenadas. Entro en un espacio grande, enorme. Recibimiento. No hay nadie. Sólo al fondo del local alguien habla subido en un púlpito. De repente una ráfaga de comentarios se levanta en la sala. Una birra, por favor. Arrecian los parloteos. Me encuentro en medio de una marabunta. Licores y risas. Bienvenida. Pero el rapsoda no calla. Al contrario, eleva el tono de voz que le transforma en verbo azul y morado e inflama su garganta. En una décima de segundo, el veloz Harold John hace su aparición en el escenario. Da un puntapié al rapsoda que en el suelo sigue declamando. Entonces Harold John con su mirada pícara, reclama, un me escuchen, coño y la sala calla. El sulfuro se apodera del establecimiento. Comienzo a sudar. La temperatura es muy alta. Me miro mis manos que están verdes. Borrosamente escritas. Una coartada. Confusión. No hay nada que temer. Y Harold John lo sabe. Modulo el micro, comienzo a recitar y aterciopelo mis palabras.

jueves, 13 de octubre de 2011

RÁPIDO




Un hombre efervescente deambula por los circuitos de la Nada en busca de Mr. Nowhere y el tiempo perdido. A medida que camina por un espacio inmarcesible blanco nuclear, va encontrando una nueva vía casi imperceptible que lo lleva a un lugar incierto, sin definir, sin fronteras, absolutamente lineal. Mientras avanza, el cambio se apodera de él, su materia se transforma en un hormigueo universal por el que bulle toda la Humanidad: un puntillismo grisáceo que alborota su percepción de las cosas. Después se volverá rojo. Ahora, vislumbra una carretera, una autopista transparente que lo guía hacia el más allá, hacia un incipiente sol que está en los albores de una nueva vida. El camino parece más corto. El hombre hormiga se convierte en hombre de letras, en letras del abecedario que bailan acompasando sus movimientos, el ritmo de sus pasos y la armonía de sus manos. El gesto es grácil y maduro y está en su mejor momento. Ahora acelera, después corre. Y corre... antes de que los tiempos oscuros le conviertan en un hombre fugaz y sin conciencia.

TOPONAUTA





Soñaba profundo, inmerso en un océano de silencio, sólo unas gotas de ensueño golpeaban las estructuras espaciales del sonido. El tiempo cronometraba a un batiscafo que fondeaba en sus entrañas. Cuanto más profundo, más silencio. Su reino interior se rebelaba. Intentó despertar sin éxito. Se abandonaba a la profundidad del tiempo. Unos segundos después, la luz incendiaba el paisaje marino, con solitarios madrisquis y corales que le daban un extraño recibimiento. Miles de : “¿Quien eres tú?”, le sobresaltaban. De repente, el manómetro volteó las flechas. La visión invertida de la cabina hizo que se extasiara. No pareció incomodarle. Sólo una ligera impresión de irrealidad. 3 segundos. Los ojos se clavaron en el fondo marino que ahora estaba cuajado de nubes. Unos peces voladores todavía tornasolados viajaban en comandita hacia el festival de Aquisgrán. El batiscafo atracó. Riadas y riadas de gente invadían las calles de una ciudad de puntiagudos tejados de pizarra. Se había vuelto a meter en un buen lío. Todo el mundo parecía disfrutar de la fiesta. Miraba el acontecimiento perplejo. Una voz entre la multitud le llamaba: ¡Eh! ¡¡Aquí, despierta!! ¿No me reconoces? Un ratón almizclero le hablaba y le hacía señas continuamente. Al instante, lo reconoció. Entonces, su mente voló, se alejó del sueño y rebuscó en la realidad. Entreabrió un ojo. Su amigo el ratón le inquirió: ¡¡Te has vuelto a dormir otra vez...!!! ¡¡¡Levántate!! Esta mañana han puesto cepos en la superficie, tendremos que desactivarlos... no podremos cazar algo para comer...!! Entonces, bostezó, se relamió el hocico y ajustando sus lentes progresivas afirmó: voy inmediatamente. El ratón aplaudió con júbilo. Dicho esto, el topo comenzó a afilar sus fuertes uñas para socavar esta gran amenaza y uno a uno los hizo desaparecer.

viernes, 29 de julio de 2011

CUENTAGOTAS




Gotas de lluvia caen como chirimiri insistente que va mojando el suelo. El agua cala mis nuevos zapatos de charol. Color bermellón. Estoy impaciente. Agarro con fuerza el paraguas. Alguien va a llegar. Mientras tanto, cuento las gotas que, infinitas, diminutas, rápidas suman un largo minuto, eterno e irreal. Los limpiaparabrisas de los coches son las isobaras del tiempo y todo parece haberse detenido ya. La gente va y viene en direcciones dispares. Yo sólo espero. Vuelvo a contar las gotas que caen sobre el capó del coche, que ahora caen con mayor intensidad. El chirimiri deja paso a una lluvia más fuerte. Entonces, los paraguas se abren como pétalos de flor como si se echaran a volar: una nota de color en el ambiente gris que se respira. El tráfico fluctúa por culpa de unos semáforos nonsensicos que cambian las luces de forma aleatoria. Por fin apareces tú. Comienza una lluvia torrencial, pasional. Dejo de contar. No llevas paraguas y tu pelo está mojado. Ensortijado y mojado. Un impulso me hace levantarme de la silla del café. Vienes hacia mi y yo me adelanto. Te beso en los labios y echamos a andar. Doblamos la esquina y una enorme cola sale de la taquilla de un pequeño cine. Echan un film noir. Je ne regrete rien. Un acordeón nostálgico recorre toda la acera. Ya dentro en la sala, las palomitas ahogan nuestra impaciencia. Anuncios y títulos de crédito. Nos besamos una vez más. Nuestras disputas han quedado definitivamente atrás. Nuestras manos se reconcilian con el amor y empieza la película. Ahora yo no me siento una Dalia Negra sino una mujer ligeramente escarlata.

AIRE






La tinta de rotrin emborrona el dibujo de un niño con un pajarito azul. Las mariposas en papel cebolla están casi difuminadas, pero aún mantienen el color primigenio del bolígrafo multicolor con que lo escribí. Limpio el compás y ajusto la ruedecita del tiralíneas. Y empiezo a subrayar con tinta negra la barriga del niño previamente trazado en lápiz. Cero error, esta vez. Precisión absoluta. La boca, el pelo. Las mariposas. El pajarito azul. El pajarito azul que un día voló para no volver más. Yo quisiera saltar la tapia y reencontrarme con él. Allí fuera en algún lugar del viento, en cualquier rama, de cualquier árbol o en los cables del tendido eléctrico, donde reunirnos y poder jugar una vez más. Fisgoneando nidos y trepando árboles o visitando el polen de una margarita. Pero nada de esto podremos hacerlo ya. Los graznidos de las urracas han tomado asiento en los contornos mármoreos de las lápidas, a pesar de ser un magnífico día de sol. Sin embargo, el aire me trae una vaharada de optimismo. Levanto la vista del papel. La dirección del viento está cambiando. Un cortejo fúnebre transita doloroso por el laberinto de las almas muertas. Creo oír un jilguero y una bandada de golondrinas. Fuera la vida está pasando pero yo no puedo verla. La bienvenida trae un silencio menos cerrado que de costumbre, después miro hacia la tapia esperando no sé qué. Contengo la respiración. Suspiro y bajo la vista levemente para volver al papel otra vez. Oigo un trino: veo la silueta del pajarito azul sobre la tapia que está carcomida. Me invita a seguirle. Espero que no sea un simulacro. Se posa en mi mano, lo acaricio y me pierdo entre sus juegos. Desaparezco. La tinta de rotrin vuelve a emborronar el dibujo calcado. El niño y el pajarito azul han volado. Sólo quedan mariposas. The man with a bird has flown.

miércoles, 29 de junio de 2011

IKEA POP




Hiperrealidad de supermercado. Bienvenido a la república aburrida de mi casa. Fundamos la modernidad. Personalidad de tresillo. Romanticismo de salón. Escucho el podcast de la radio que suena en mi Mac. Mi pez de colores cambia de tonalidad según mi estado de ánimo. Ya no es rojo ahora es azul. Me mira de frente y me suelta pompas de agua. Él se ha marchado. No volverá. Sin perchas para colgar ya no tengo fondo de armario para un nuevo amor.

EN MARTE

En otra galaxia, vives en otra galaxia. No había otro destino en la agencia de viajes...no podríamos ir a Cancún o al Caribe como todo el mundo...no tenemos ni para pagar el piso y se te mete en la cabeza este viaje que, además, cuesta un pastizal. Leti, le mira pestañeando, sin comprender. Pero si esto es muy bonito, ya verás cuando lleguemos a nuestro destino...¡te va a gustar! Estoy tan emocionada... Arturo lo deja por imposible, suspira y mira resignado a través de la ventana. Fuera el polvo cósmico y una enorme bola de fuego les dan la bienvenida. El tren bala se dirige como una flecha puntiaguda por las infinitas vías del cosmos.Hacia los confines de Marte. En los límites conocidos del Universo.

lunes, 30 de mayo de 2011

MUJER EN EL BAÑO




Mujer en el baño. Trazos de pop-art. Azulejos años 60. Cuatricomía de amarillo, rojo, azul y negro. Ondas acúaticas. Pintalabios rojo. Alguien espia por el ojo de la cerradura. She came in through the bathroom window. Puntos Benday. Contornos nítidos. Viñeta de cómics sobre lienzo. Rostro protagonista. Fondo neutro. Ironía. Alguien espia por el ojo de la cerradura. She came in through the bathroom window. Mujer en el baño. El rostro cobra vida. El observador se estremece. El rimel está aún fresco. Una mano se retoca el moño. Suspira. La protagonista coge la bata de un toallero. El observador se excita. Pero un Bang, Bang... interrumpe la escena. Un cuerpo muerto cae al suelo como un pelele. La cerradura se tiñe de rojo. La pistola está aún humeante. She came in through the bathroom window.

NANA-BLUES



Nana-Blues de negro sobre Harlem cargada de encanto. Solitaria. Aterida de frío. Llora de emoción en la garganta reseca de un sin patria, herido, semidesnudo, con hambre. Rictus de humillación. De seis horas, de seis días, de seis noches. Sin embargo, el grito es lo único que ahoga su indignación y rabia. Todavía puede escapar del infierno si se lo propone. En su mirada las rebanadas de pan acuden en su auxilio como si fueran el penúltimo recurso. Su última esperanza. Desmayado cae en la arena. El oleaje le golpea la cara. Nana-Blues de negro sobre Harlem cargada de encanto. Solitaria. Aterida de frío.

martes, 3 de mayo de 2011

LA ESCALERA



Pisadas. Un escalón... 2, 3, 4, 5, 6 ,7, 8, 9, 10. El trazo de Tiko se para en seco al final de la escalera. La puerta de entrada al cielo ha sido engullida por el conjunto vacío.

632




Cuadrado-corazón de 8 puntas. Estrella de enjambres con nichos de retícula hexagonal. Como abejas que liban en sus colmenas. Un techo cubierto de estalactitas. 17 simetrías diferentes. Intriga. El enigma del sexto poliedro. Misterio. El guía recorre las salas del palacio y prosigue relatando su historia a los visitantes. Dios es siempre un geómetra y señala con el dedo un mosaico del harén. Miren a su izquierda, por favor. Los visitantes se agolpan para curiosear. Los números indican la rotación de las baldosas. Componen la 632. Los triángulos se iluminan bajo el ardiente sol del Albaicín. Es la Alhambra. La perla matemática de un sueño nazarí en los colores de la Granada moderna.

lunes, 25 de abril de 2011

PIANO





El piano de cola descansa en la arena de la playa a orillas del mar, como un trasto sin dientes, arrumbado por el peso de los años. Le faltaban teclas y las que le quedaban o bien tenían alguna que otra caries o bien algún que otro molar que dejaba al desnudo a la susodicha tecla sin la cobertura de su par negra. Sin embargo, el resto parecía estar intacto. El color y la madera relucían dándole un aspecto nuevo y sin estrenar. Unos ojos repasaban cada detalle del piano de cola. Annie lo observaba todo intrigada y extrañada como si algo mágico lo hubiera puesto allí. Miraba por encima, por debajo, en las cuerdas que al tocarlas sonaban desafinadas. Nada. Todo era un misterio. Su padre también lo miraba preguntándose ¡qué demonios hacía aquí un piano de cola! desde donde lo habrían traido y cómo. Dentro de poco vendría la grúa municipal y se lo llevaría al depósito. ¡Papá, podemos quedárnoslo!... no, nena no es nuestro. Lo reclamarán. ¡Qué pena! ¿no? Pues a mi me hacía ilusión...¿ Mejor te compro un helado? ¡¡¡Si, eso mejor un helado!!! Annie palmotea. Coge la mano de su padre y juntos se alejan de la playa. Entretanto,  una maldita corchea blanca hace estragos en las cuerdas vocales del piano al sabotear una partitura carcomida de Debussy. El pianista debió de volverse loco.

domingo, 24 de abril de 2011

SILLAS





Habitación vacía. Una silla. Sin barnizar. Sencilla y modesta, de madera, de pino. Perfecta y limpia. Tal vez joven. Viva. Con idea de futuro, con esperanza. A su lado unos hombrecillos le custodian, dormidos, amontonados unos encima de otros. Paso siguiente. Barnizar y listo. Un paso más. Una silla. Sin tapizar. Menos sencilla y más funcional. Perfecta y cómoda. Madura. Sólida. En su papel. A su lado los hombrecillos que la custodian se despiertan. Paso siguiente. A tapizar y listo. Habitación vacía. Una silla. Sin bruñir. Recargada y poco funcional. Vieja. Perfectamente oxidada. Moribunda. En el poder. A su lado los hombrecillos que la custodian se levantan. Después intentan empujarla. Resiste. Es tirana. Empujan de nuevo. Las patas arañan el parqué. Más hombrecillos se unen. Empujan otra vez. La silla se desplaza. Más hombrecillos se unen. Empujan otra vez. Las patas al fin se levantan. Más hombrecillos llegan... hasta que por fin consiguen derribarla. Vacío. Habrá que poner otra silla.
                                           
                                                                                     Inspirado en las revueltas árabes

jueves, 21 de abril de 2011

PLÁCIDO




Vivía en una choza hecha de cartones. De mañana se pasaba las horas durmiendo en un viejo sillón raído. Las noches las pasaba contemplando la bóveda estrellada de un cielo despejado y azul. Sólo se despertaba cuando el hambre le azuzaba. Lo poco que tenía de comida era lo que le habían dejado unas empleadas del albergue cercano. Así pasaban los días. Las horas no se contaban. El reloj de su desvencijada mesilla se había vuelto loco y apenas funcionaba. El tiempo daba la vuelta hacia atrás y se ponía del derecho cuando rompía el alba. Era todo lo que debía saber. A golpe de intuición, iba sobreviviendo. Sus facciones delataban que no era de aquel lugar. Los que le conocían no sabían pronunciar bien su nombre. A menudo se mesaba la larga y piojosa barba. Otras veces, recordaba. Y recordaba cómo un tal Mamadou parecido a él llegó a esta maldita isla desierta con una sonrisa muy blanca y una mochila que cobijaba pulseras de ébano y una manta. Los sueños no siempre se cumplen. A nosotros los sin techo nos gusta llamarle Plácido, por ese aire de gran señor que se da y ese tono tranquilo que tiene. Es un buen hombre con muy mala estrella. No tiene pérdidas de memoria, pero algunas veces le he oído silabear en voz baja, una letanía, soy Mamadou y ésta es mi familia.. soy Mamadou y ésta es mi familia... ¿ Lo entiende, señor policía? Sin papeles.

LA MUJER GRANITO

Partículas de viento descubren el rostro de una mujer que vaga errante por la arena del desierto. El serpenteo de un cascabel alerta del peligro inminente y los cactus hacen pasillo a un jeep que transporta a Smithson y los suyos. A través de los prismáticos divisan un oasis que parece una ciudad flotante. El agua todavía es un espejismo. La necesidad de beber es imperiosa. La mujer granito traspasa los límites del desierto. El viento deja de soplar. El islote se ha evaporado. El calor es extenuante. Los colores pantone de la mujer granito muestran un mosaico bizantino que asemeja el mar. Smithson grita:  mirad Aqaba.

lunes, 18 de abril de 2011

EL HOMBRE FLORERO





Luis amanecía cada mañana más demacrado, el espejo le devolvía cada vez un rostro distinto. Las facciones tomaban por momentos aspecto de furúnculos violentos que se iban adueñando de su cara. Su pelo se encanecía. Sin embargo, este hecho no le impedía llevar como dios manda su raya en medio milimétricamente peinada. Se ajustó la corbata y tragó saliva. No sabía si iba a sobrevivir a la hecatombe de su gran transformación física. Como cada día cogió su maletita azul y puso rumbo a la oficina. No estaba muy lejos de allí pero la travesía se hacía cada vez más difícil. La gente con la que se iba cruzando advertían en él lo extraño de su rostro, mirándolo unas veces, con curiosidad, otras con miedo y las más de las veces con una estruendosa carcajada. El pobre Luis no paraba de sudar y esto empeoraba la situación: las gotas resbalaban por su frente y se mezclaban con el color aceitunado de su cara que le daba un tono amarillento como de tubérculo o patata de campo. Para cuando llegaba a la oficina la cara de Luis era todo un poema. Cuchilleos y risitas de los compañeros de trabajo y la preocupación de su jefe. ¿ Se encuentra bien, Domínguez? Debería tomarse unos días de descanso... le veo a usted... muy estresado. No se preocupe, señor. Me encuentro bien... esto no es nada... A la mañana siguiente Luis se encontraba nuevamente ante es el espejo. Su rostro iba adquiriendo un tono parduzco, casi verde como de legumbre podrida pero no llegaba a ser tal. Mientras se peinaba del escaso cabello caía una abundante caspa como copos de nieve sobre sus hombros de cartero. Luis pensaba que aquello era el fin de su existencia. Que estaba acabado. Que no levantaría cabeza. Su voz se iba haciendo más trémula, casi entrecortada. El pulso se le aceleraba. Le daban taquicardias. La sangre se le subía a la cabeza. Sentía como un coágulo le infartaba el cerebro. Sus labios comenzaron a degustar un líquido con sabor a menta , a albahaca. Las fosas nasales respiraban vida. Olor a hierba fresca. Entretanto, su rostro desapareció engullido entre la hojarasca que crecía con fuerza en las raíces de su cuello y que hacía que se le hincharan las venas hasta el histerismo. Tallos que daban lugar a unas incipientes flores: lirios blancos, margaritas y violetas componían un ramo de lo más original. Así quedó su cara. Sin embargo, se podía mover. El resto de su cuerpo permanecía con su psicomotricidad normal. El mundo a través de la visión de una planta era realmente idílico. Casi poético. Su mujer apenas se inmutó y suspiró negando con la cabeza. Ésta lo vistió pacientemente, le dio de desayunar y se lo llevó a la calle. Cogidos de la mano, llegaron al ambulatorio. Después de una hora el médico le diagnosticó: enfermedad seborreica. A lo que su mujer añadió: Ves, Luis te dije que la caspa te traería problemas..¿ Y tiene solución, doctor? Si, señora pódelo usted misma. Después le aplicaremos el tratamiento. Hombres florero siempre ha habido, señora.

ORIGAMI SAYONARA






El señor Hiroshi ultima con sus manos una escultura de papel con forma de cometa, lo hace de manera cuidadosa casi artística para que ningún detalle se escape y la armonía domine en el papel. Bajo su vista cansada repasa cada uno de los dobladillos, la geometría de cada lado del triángulo y la composición final. Su nieta, Toshiko, permanece fuera de la casa observando el mar a los pies del acantilado. El rostro delata la expresión de indignación y de respeto a la vez. Sopla el viento. Y murmura: he ofendido al mar. Al caer la noche, Toshiko entra en casa. El señor Hiroshi había preparado algo de comer. Mientras tanto, continúa su labor escultórica: un hermoso pájaro de papel con pico de grulla, Toshiko lo mira con detenimiento mientras mastica una albóndiga de tofu. Más tarde, se apagan las luces. Duermen. Mañana será un día duro. Al día siguiente, el señor Hiroshi continua con sus papelillos dando forma a una simpática rana, pero antes había esculpido una estrella de mar y un pez. Ahora se tienen que marchar y abandonar la casa. El señor Hiroshi se lleva consigo sus creaciones de papel bajo la atenta mirada de su nieta. Las pertenencias van en el maletero del coche. Al bajar al pueblo, todo es desolación. La costa ha desaparecido. Escombros y amasijo de hierros. Personas desorientadas deambulando en busca de su casa. Una adolescente llora en medio de la devastación mientras en el horizonte humea el pánico nuclear. Una anciana es rescatada. El señor Hiroshi apenas mira por la ventana. ¿ Ya hemos llegado? Si, abuelo. El anciano se baja del coche, coge sus papiroflexias y sin bastón llega hasta la orilla del mar, lanza los origamis y  los despide con una mano. Los origamis viajan en el mar en una ola que retrocede y avanza. Las figuras de papel se agitan en el mar como si saludaran  llevando escrito en su interior un haiku con una frase final. Te echaremos de menos. Sayonara. Toshiko & el señor Hiroshi