lunes, 18 de abril de 2011

EL HOMBRE FLORERO





Luis amanecía cada mañana más demacrado, el espejo le devolvía cada vez un rostro distinto. Las facciones tomaban por momentos aspecto de furúnculos violentos que se iban adueñando de su cara. Su pelo se encanecía. Sin embargo, este hecho no le impedía llevar como dios manda su raya en medio milimétricamente peinada. Se ajustó la corbata y tragó saliva. No sabía si iba a sobrevivir a la hecatombe de su gran transformación física. Como cada día cogió su maletita azul y puso rumbo a la oficina. No estaba muy lejos de allí pero la travesía se hacía cada vez más difícil. La gente con la que se iba cruzando advertían en él lo extraño de su rostro, mirándolo unas veces, con curiosidad, otras con miedo y las más de las veces con una estruendosa carcajada. El pobre Luis no paraba de sudar y esto empeoraba la situación: las gotas resbalaban por su frente y se mezclaban con el color aceitunado de su cara que le daba un tono amarillento como de tubérculo o patata de campo. Para cuando llegaba a la oficina la cara de Luis era todo un poema. Cuchilleos y risitas de los compañeros de trabajo y la preocupación de su jefe. ¿ Se encuentra bien, Domínguez? Debería tomarse unos días de descanso... le veo a usted... muy estresado. No se preocupe, señor. Me encuentro bien... esto no es nada... A la mañana siguiente Luis se encontraba nuevamente ante es el espejo. Su rostro iba adquiriendo un tono parduzco, casi verde como de legumbre podrida pero no llegaba a ser tal. Mientras se peinaba del escaso cabello caía una abundante caspa como copos de nieve sobre sus hombros de cartero. Luis pensaba que aquello era el fin de su existencia. Que estaba acabado. Que no levantaría cabeza. Su voz se iba haciendo más trémula, casi entrecortada. El pulso se le aceleraba. Le daban taquicardias. La sangre se le subía a la cabeza. Sentía como un coágulo le infartaba el cerebro. Sus labios comenzaron a degustar un líquido con sabor a menta , a albahaca. Las fosas nasales respiraban vida. Olor a hierba fresca. Entretanto, su rostro desapareció engullido entre la hojarasca que crecía con fuerza en las raíces de su cuello y que hacía que se le hincharan las venas hasta el histerismo. Tallos que daban lugar a unas incipientes flores: lirios blancos, margaritas y violetas componían un ramo de lo más original. Así quedó su cara. Sin embargo, se podía mover. El resto de su cuerpo permanecía con su psicomotricidad normal. El mundo a través de la visión de una planta era realmente idílico. Casi poético. Su mujer apenas se inmutó y suspiró negando con la cabeza. Ésta lo vistió pacientemente, le dio de desayunar y se lo llevó a la calle. Cogidos de la mano, llegaron al ambulatorio. Después de una hora el médico le diagnosticó: enfermedad seborreica. A lo que su mujer añadió: Ves, Luis te dije que la caspa te traería problemas..¿ Y tiene solución, doctor? Si, señora pódelo usted misma. Después le aplicaremos el tratamiento. Hombres florero siempre ha habido, señora.