jueves, 21 de abril de 2011

PLÁCIDO




Vivía en una choza hecha de cartones. De mañana se pasaba las horas durmiendo en un viejo sillón raído. Las noches las pasaba contemplando la bóveda estrellada de un cielo despejado y azul. Sólo se despertaba cuando el hambre le azuzaba. Lo poco que tenía de comida era lo que le habían dejado unas empleadas del albergue cercano. Así pasaban los días. Las horas no se contaban. El reloj de su desvencijada mesilla se había vuelto loco y apenas funcionaba. El tiempo daba la vuelta hacia atrás y se ponía del derecho cuando rompía el alba. Era todo lo que debía saber. A golpe de intuición, iba sobreviviendo. Sus facciones delataban que no era de aquel lugar. Los que le conocían no sabían pronunciar bien su nombre. A menudo se mesaba la larga y piojosa barba. Otras veces, recordaba. Y recordaba cómo un tal Mamadou parecido a él llegó a esta maldita isla desierta con una sonrisa muy blanca y una mochila que cobijaba pulseras de ébano y una manta. Los sueños no siempre se cumplen. A nosotros los sin techo nos gusta llamarle Plácido, por ese aire de gran señor que se da y ese tono tranquilo que tiene. Es un buen hombre con muy mala estrella. No tiene pérdidas de memoria, pero algunas veces le he oído silabear en voz baja, una letanía, soy Mamadou y ésta es mi familia.. soy Mamadou y ésta es mi familia... ¿ Lo entiende, señor policía? Sin papeles.