viernes, 29 de julio de 2011

CUENTAGOTAS




Gotas de lluvia caen como chirimiri insistente que va mojando el suelo. El agua cala mis nuevos zapatos de charol. Color bermellón. Estoy impaciente. Agarro con fuerza el paraguas. Alguien va a llegar. Mientras tanto, cuento las gotas que, infinitas, diminutas, rápidas suman un largo minuto, eterno e irreal. Los limpiaparabrisas de los coches son las isobaras del tiempo y todo parece haberse detenido ya. La gente va y viene en direcciones dispares. Yo sólo espero. Vuelvo a contar las gotas que caen sobre el capó del coche, que ahora caen con mayor intensidad. El chirimiri deja paso a una lluvia más fuerte. Entonces, los paraguas se abren como pétalos de flor como si se echaran a volar: una nota de color en el ambiente gris que se respira. El tráfico fluctúa por culpa de unos semáforos nonsensicos que cambian las luces de forma aleatoria. Por fin apareces tú. Comienza una lluvia torrencial, pasional. Dejo de contar. No llevas paraguas y tu pelo está mojado. Ensortijado y mojado. Un impulso me hace levantarme de la silla del café. Vienes hacia mi y yo me adelanto. Te beso en los labios y echamos a andar. Doblamos la esquina y una enorme cola sale de la taquilla de un pequeño cine. Echan un film noir. Je ne regrete rien. Un acordeón nostálgico recorre toda la acera. Ya dentro en la sala, las palomitas ahogan nuestra impaciencia. Anuncios y títulos de crédito. Nos besamos una vez más. Nuestras disputas han quedado definitivamente atrás. Nuestras manos se reconcilian con el amor y empieza la película. Ahora yo no me siento una Dalia Negra sino una mujer ligeramente escarlata.