lunes, 25 de abril de 2011

PIANO





El piano de cola descansa en la arena de la playa a orillas del mar, como un trasto sin dientes, arrumbado por el peso de los años. Le faltaban teclas y las que le quedaban o bien tenían alguna que otra caries o bien algún que otro molar que dejaba al desnudo a la susodicha tecla sin la cobertura de su par negra. Sin embargo, el resto parecía estar intacto. El color y la madera relucían dándole un aspecto nuevo y sin estrenar. Unos ojos repasaban cada detalle del piano de cola. Annie lo observaba todo intrigada y extrañada como si algo mágico lo hubiera puesto allí. Miraba por encima, por debajo, en las cuerdas que al tocarlas sonaban desafinadas. Nada. Todo era un misterio. Su padre también lo miraba preguntándose ¡qué demonios hacía aquí un piano de cola! desde donde lo habrían traido y cómo. Dentro de poco vendría la grúa municipal y se lo llevaría al depósito. ¡Papá, podemos quedárnoslo!... no, nena no es nuestro. Lo reclamarán. ¡Qué pena! ¿no? Pues a mi me hacía ilusión...¿ Mejor te compro un helado? ¡¡¡Si, eso mejor un helado!!! Annie palmotea. Coge la mano de su padre y juntos se alejan de la playa. Entretanto,  una maldita corchea blanca hace estragos en las cuerdas vocales del piano al sabotear una partitura carcomida de Debussy. El pianista debió de volverse loco.

domingo, 24 de abril de 2011

SILLAS





Habitación vacía. Una silla. Sin barnizar. Sencilla y modesta, de madera, de pino. Perfecta y limpia. Tal vez joven. Viva. Con idea de futuro, con esperanza. A su lado unos hombrecillos le custodian, dormidos, amontonados unos encima de otros. Paso siguiente. Barnizar y listo. Un paso más. Una silla. Sin tapizar. Menos sencilla y más funcional. Perfecta y cómoda. Madura. Sólida. En su papel. A su lado los hombrecillos que la custodian se despiertan. Paso siguiente. A tapizar y listo. Habitación vacía. Una silla. Sin bruñir. Recargada y poco funcional. Vieja. Perfectamente oxidada. Moribunda. En el poder. A su lado los hombrecillos que la custodian se levantan. Después intentan empujarla. Resiste. Es tirana. Empujan de nuevo. Las patas arañan el parqué. Más hombrecillos se unen. Empujan otra vez. La silla se desplaza. Más hombrecillos se unen. Empujan otra vez. Las patas al fin se levantan. Más hombrecillos llegan... hasta que por fin consiguen derribarla. Vacío. Habrá que poner otra silla.
                                           
                                                                                     Inspirado en las revueltas árabes

jueves, 21 de abril de 2011

PLÁCIDO




Vivía en una choza hecha de cartones. De mañana se pasaba las horas durmiendo en un viejo sillón raído. Las noches las pasaba contemplando la bóveda estrellada de un cielo despejado y azul. Sólo se despertaba cuando el hambre le azuzaba. Lo poco que tenía de comida era lo que le habían dejado unas empleadas del albergue cercano. Así pasaban los días. Las horas no se contaban. El reloj de su desvencijada mesilla se había vuelto loco y apenas funcionaba. El tiempo daba la vuelta hacia atrás y se ponía del derecho cuando rompía el alba. Era todo lo que debía saber. A golpe de intuición, iba sobreviviendo. Sus facciones delataban que no era de aquel lugar. Los que le conocían no sabían pronunciar bien su nombre. A menudo se mesaba la larga y piojosa barba. Otras veces, recordaba. Y recordaba cómo un tal Mamadou parecido a él llegó a esta maldita isla desierta con una sonrisa muy blanca y una mochila que cobijaba pulseras de ébano y una manta. Los sueños no siempre se cumplen. A nosotros los sin techo nos gusta llamarle Plácido, por ese aire de gran señor que se da y ese tono tranquilo que tiene. Es un buen hombre con muy mala estrella. No tiene pérdidas de memoria, pero algunas veces le he oído silabear en voz baja, una letanía, soy Mamadou y ésta es mi familia.. soy Mamadou y ésta es mi familia... ¿ Lo entiende, señor policía? Sin papeles.

LA MUJER GRANITO

Partículas de viento descubren el rostro de una mujer que vaga errante por la arena del desierto. El serpenteo de un cascabel alerta del peligro inminente y los cactus hacen pasillo a un jeep que transporta a Smithson y los suyos. A través de los prismáticos divisan un oasis que parece una ciudad flotante. El agua todavía es un espejismo. La necesidad de beber es imperiosa. La mujer granito traspasa los límites del desierto. El viento deja de soplar. El islote se ha evaporado. El calor es extenuante. Los colores pantone de la mujer granito muestran un mosaico bizantino que asemeja el mar. Smithson grita:  mirad Aqaba.

lunes, 18 de abril de 2011

EL HOMBRE FLORERO





Luis amanecía cada mañana más demacrado, el espejo le devolvía cada vez un rostro distinto. Las facciones tomaban por momentos aspecto de furúnculos violentos que se iban adueñando de su cara. Su pelo se encanecía. Sin embargo, este hecho no le impedía llevar como dios manda su raya en medio milimétricamente peinada. Se ajustó la corbata y tragó saliva. No sabía si iba a sobrevivir a la hecatombe de su gran transformación física. Como cada día cogió su maletita azul y puso rumbo a la oficina. No estaba muy lejos de allí pero la travesía se hacía cada vez más difícil. La gente con la que se iba cruzando advertían en él lo extraño de su rostro, mirándolo unas veces, con curiosidad, otras con miedo y las más de las veces con una estruendosa carcajada. El pobre Luis no paraba de sudar y esto empeoraba la situación: las gotas resbalaban por su frente y se mezclaban con el color aceitunado de su cara que le daba un tono amarillento como de tubérculo o patata de campo. Para cuando llegaba a la oficina la cara de Luis era todo un poema. Cuchilleos y risitas de los compañeros de trabajo y la preocupación de su jefe. ¿ Se encuentra bien, Domínguez? Debería tomarse unos días de descanso... le veo a usted... muy estresado. No se preocupe, señor. Me encuentro bien... esto no es nada... A la mañana siguiente Luis se encontraba nuevamente ante es el espejo. Su rostro iba adquiriendo un tono parduzco, casi verde como de legumbre podrida pero no llegaba a ser tal. Mientras se peinaba del escaso cabello caía una abundante caspa como copos de nieve sobre sus hombros de cartero. Luis pensaba que aquello era el fin de su existencia. Que estaba acabado. Que no levantaría cabeza. Su voz se iba haciendo más trémula, casi entrecortada. El pulso se le aceleraba. Le daban taquicardias. La sangre se le subía a la cabeza. Sentía como un coágulo le infartaba el cerebro. Sus labios comenzaron a degustar un líquido con sabor a menta , a albahaca. Las fosas nasales respiraban vida. Olor a hierba fresca. Entretanto, su rostro desapareció engullido entre la hojarasca que crecía con fuerza en las raíces de su cuello y que hacía que se le hincharan las venas hasta el histerismo. Tallos que daban lugar a unas incipientes flores: lirios blancos, margaritas y violetas componían un ramo de lo más original. Así quedó su cara. Sin embargo, se podía mover. El resto de su cuerpo permanecía con su psicomotricidad normal. El mundo a través de la visión de una planta era realmente idílico. Casi poético. Su mujer apenas se inmutó y suspiró negando con la cabeza. Ésta lo vistió pacientemente, le dio de desayunar y se lo llevó a la calle. Cogidos de la mano, llegaron al ambulatorio. Después de una hora el médico le diagnosticó: enfermedad seborreica. A lo que su mujer añadió: Ves, Luis te dije que la caspa te traería problemas..¿ Y tiene solución, doctor? Si, señora pódelo usted misma. Después le aplicaremos el tratamiento. Hombres florero siempre ha habido, señora.

ORIGAMI SAYONARA






El señor Hiroshi ultima con sus manos una escultura de papel con forma de cometa, lo hace de manera cuidadosa casi artística para que ningún detalle se escape y la armonía domine en el papel. Bajo su vista cansada repasa cada uno de los dobladillos, la geometría de cada lado del triángulo y la composición final. Su nieta, Toshiko, permanece fuera de la casa observando el mar a los pies del acantilado. El rostro delata la expresión de indignación y de respeto a la vez. Sopla el viento. Y murmura: he ofendido al mar. Al caer la noche, Toshiko entra en casa. El señor Hiroshi había preparado algo de comer. Mientras tanto, continúa su labor escultórica: un hermoso pájaro de papel con pico de grulla, Toshiko lo mira con detenimiento mientras mastica una albóndiga de tofu. Más tarde, se apagan las luces. Duermen. Mañana será un día duro. Al día siguiente, el señor Hiroshi continua con sus papelillos dando forma a una simpática rana, pero antes había esculpido una estrella de mar y un pez. Ahora se tienen que marchar y abandonar la casa. El señor Hiroshi se lleva consigo sus creaciones de papel bajo la atenta mirada de su nieta. Las pertenencias van en el maletero del coche. Al bajar al pueblo, todo es desolación. La costa ha desaparecido. Escombros y amasijo de hierros. Personas desorientadas deambulando en busca de su casa. Una adolescente llora en medio de la devastación mientras en el horizonte humea el pánico nuclear. Una anciana es rescatada. El señor Hiroshi apenas mira por la ventana. ¿ Ya hemos llegado? Si, abuelo. El anciano se baja del coche, coge sus papiroflexias y sin bastón llega hasta la orilla del mar, lanza los origamis y  los despide con una mano. Los origamis viajan en el mar en una ola que retrocede y avanza. Las figuras de papel se agitan en el mar como si saludaran  llevando escrito en su interior un haiku con una frase final. Te echaremos de menos. Sayonara. Toshiko & el señor Hiroshi