martes, 10 de julio de 2012

AKAME Y MEI





Unos palillos remueven y estiran noodles en un bol. Están listos los yakitoris de pollo a la salsa. Faltan las trufas que aderezarán el plato de un pez mantequilla. Una cucharadita de caviar. Llaman al timbre. Abren la puerta. Un hombre de negro se presenta y señala un papel. Las dos inquilinas dicen que sí. Entra y toma asiento. Y pide un té verde. Sobre un mantel de pétalos de cerezo Akame firma una rubrica silenciosa. Una palabra pintada en un hermoso jarrón japonés hipnotiza al hombre de negro que se levanta para indagar. Mei se apercibe de ello y hace una señal al chef. A la altura del jarrón el hombre descubre sobre un aparador varios pergaminos bellamente pintados. Cuando intenta tocarlos, desaparecen. Confundido, decide indagar más. Una lluvia de pétalos blancos cae sobre él. Entra en un croma azul. Los almendros de Sakura y la épica de los 7 samuráis pasan en 3d ante sus ojos. Un breve interludio chill out. Las luces se tiñen de un tono violáceo. Oscuros dibujos manga le hacen retroceder. Intenta huir. Pero una katana le corta el paso y le siega la vida. El rojo Fuji de Hokusai. Las luces cambian a suaves. La pantalla táctil muestra las letras del pergamino mientras se escucha una etérea nana de Itsuki. Agua. Limón. Soja. Tomate. Akame cuece noodles en un bol. Mei trocea aguacates que acompañan a un sabroso maguro. Una mano misteriosa eleva la temperatura de la cámara frigorífica a –40ºC. Llaman a la puerta. Otro hombre de negro aparece. Les señala un papel, se sienta y pide un té rojo. Akame firma una rubrica silenciosa. Hace otra señal al chef. El hombre fija la mirada en la minimal letra del jarrón japonés. Se levanta y descubre los pergaminos encantados. Intenta atraparlos pero desaparecen. Se adentra más y una puerta se cierra tras él. Mei cambia los papeles firmados por otros de satén y los introduce en un sobre etiquetado. Abre la puerta y lo mete en un buzón de correos. Al entrar, cambia el precinto de clausurado en la puerta y pone el cartel de “abierto”. El restaurante Ocko permanece en silencio en medio de ninguna parte. Poco después, se ilumina con brillantes lámparas de papel cuando de manera definitiva cae la noche.