martes, 30 de octubre de 2012

LA BALADA DE LUCINDA GRAU





Las espirales concéntricas de tu cuchara en el café y las elipsis de tu mirada ausente me hacen recordar un tiempo de música de cuco y de peces flotantes con chinchetas de colores. Llueve tan fuerte que los relojes gotean nostalgia mientras creces pared a pared en un pequeño apartamento de extrarradio. Después de la huida... el barro parece que salpica los cristales. Pido la cuenta. Pero tú, callada, sigues sin inmutarte. Tus ojos negro azabache apenas tienen luz. Sólo un halo triste. El cuentakilómetros me lleva a lugares en los que tus 16 años se tiñen de pelo caoba, con camisa de cuadros y cargada con libros de segunda mano en un bolso hippie ya usado por mil batallas. De sonrisa franca por un mundo mejor....Qué ironías de la vida... Ya no hay mes de abril para ti, Lucinda. Estás pálida. Y apenas esbozas un gesto. La huella de la memoria cae en tu olvido. Has borrado el nombre de tus amigos y amores. Y casi el mío también... recorremos juntas el pasillo que nos conduce a la sala del juzgado. Un rictus de angustia se apodera de ti en cuanto cruzas el umbral de la puerta. Intentas expresar algo mientras la ansiedad se desmaya en tu cara. Cuando miras frente a frente a tu verdugo que ha destruido y anulado tu personalidad. Es duro pero hay que seguir. Aún con la lágrima contenida, me vienen imágenes de tu desesperación: de tu trabajo en trabajo, de tu soledad sin respuesta, de tu inestabilidad indefinida... y de los cuatros euros... siempre los cuatro cochinos euros que acaban por comprar nuestro silencio. Hasta hoy. El mazo del juez da comienzo para la cuenta atrás. Eres lo único que tengo, el caso más difícil de mi vida. Defenderé con la ley en la mano a la sangre de mi sangre hasta la última gota. Poco más me queda por hacer. De pronto te has despertado. Escuchas con atención el relato de los acontecimientos.  De su defensa y de mi acusación. Te aprieto suavemente la mano. Antes de que declares, te susurro: adelante.