martes, 16 de octubre de 2012

YOYO




Yoyo bajaba desde el ocaso azul de las montañas hasta el verde valle del amanecer. Con su mochila a la espalda y una sonrisa infantil en los labios miraba el mundo con asombro e ingenuidad aventurándose por paisajes desconocidos e inciertos para él. Pero no se arredraba ante nada ni ante nadie. Cuando llegó a una desoladora llanura de lo que parecía era una gran urbe, se dedicó a observarla detenidamente. La llanura aún humeaba hogueras de libros calcinados y los ordenadores que las presidían emitían ondas de encefalograma plano mientras las mentes azules patrullaban el pensamiento único. Un diminuto pájaro osó posarse en su hombro izquierdo. Le picoteó y Yoyo le respondió con suaves caricias. ¿A este lugar le falta poesía, verdad? El pájaro piaba como si asientiera. Yoyo cogió un bloc de notas de su mochila y comenzó a escribir. Las palabras se las llevaba el viento y se dispersaban ávidas de libertad por toda la urbe, que oxigenaban a pleno pulmón la vida. Un murmullo se escuchaba por todas partes. La gente invadía las calles dejando una estela de color y utopía. La música se colaba por los tímpanos de la realidad que eran de acero inoxidable y hacían vibrar el yunque y el martillo en múltiples decibelios. Yoyo se alegraba del efecto causado y dejó unas cuantas palabras más a fin de que la propia gente las dejara crecer y construyera así su propia idea de futuro. Ahora debía marcharse, le esperaban otros lugares más inhóspitos e inciertos por explorar. Sentía pena, pero no estaba solo. El diminuto pájaro que osó posarse en su hombro izquierdo le acompañaría amistoso en su larga travesía por todo el ancho e infinito mundo.