domingo, 2 de diciembre de 2012

EMILE Y EL OSO






Bloques de hielo rompen el silencio ártico. Una pequeña avalancha de nieve entorpece las comunicaciones. La excavadora quitanieves permanece bloqueada a causa del mal tiempo. Un trineo anticipa la llegada de un hombre bamboleante que exhala abundante vaho por nariz y boca. Emile es un hombre recio y de espirítu risueño, sus silbidos resuenan en un eco con sordina al otro lado del valle. Su figura oscura se mueve con lentitud en la soledad del paraje. Pero Emile está contento, el vodka en sus carrillos sonrosados y una risilla hiposa le delatan. Un día de trabajo cualquiera. Sus crampones siguen las huellas de un oso que poco tiempo después desaparecen sin dejar rastro. Al filo del camino, se apodera del lugar un silencio aterrador 2, 3 segundos. ¿Dónde está el peligro? No parece suceder nada, Emile suelta un leve sonidito: uhuh. Emile decide continuar. En ese momento, unas fauces emiten un feroz sonido. Emile teme lo peor. Mira por el rabillo del ojo: un enorme oso polar, herido y con síntomas de desnutrición está tumbado sobre una movediza placa de hielo. Un grito de ayuda en medio de la nada. Emile lo observa con preocupación. Están solos y los témpanos de hielo pese al cielo gris están a punto de resquebrajarse. Emile no va a poder llegar a tiempo. Y al oso con su desamparo le espera la peor de las muertes posibles: la inanición. Entonces, Emile sin acercarse mucho le ofrece un trozo de su hogaza de pan . El oso le mira fijamente. Emile se lo lanza. Lo olisquea y lo devora con ansia. Mientras se entretiene masticando, Emile saca su termo de sopa bávara y con un pequeño hornillo hace una fogata. Se calienta y empieza a comer. El oso le mira hambruno pidiendo un poco más. Vuela otro trozo de pan. Emile saca de su zurrón un par de sardinas plateadas que nuevamente lanza a la plataforma. Así el oso en su témpano y Emile en el límite del valle sobrevivirán hasta que se produzca el deshielo. A la mañana siguiente, Emile y el oso atraviesan juntos el océano de adversidades que el destino les ha deparado en lugar tan hostil como bello. Los ojos de Emile se deslumbran con los primeros y tímidos rayos del alba. Llegarán a tiempo. Asegurando su supervivencia y la de su amigo el oso que se relame soñando quizá con brillantes focas tostándose al sol.