lunes, 9 de enero de 2012

MOLECULAR






Gelificación. Soy plasticidad en el líquido amniótico. Anfibios moleculares me observan, centellean como espasmos y desaparecen. A mis pies crece una espuma que me cubre los muslos hasta llegar al pubis. El nacimiento de Venus. Mis tirabuzones se desprenden en rizos que uno a uno vuelan juguetones en mi pompa de oxígeno. Con levedad reverbera y quiebra el cristalino que lo protege. Mi cordón umbilical me impulsa hacia fuera. Todo es agua. Tendré que aprender a respirar. Todo es gelatina. Tendré que aprender a saborear. La presión tapona mis oídos. Mis ojos oblicuos apenas ven un cigoto. Pero unos cálidos anfibios de piel irisada me hacen señales de guía. Les imito y braceo. Supongo que esto es nadar. Me asomo a la superficie y tanteo la pared de un organismo vivo que inspira y exhala. Otras moléculas trabajan. Vuelvo a la profundidad, en las sienes ya no hay presión. Mi cordón umbilical se ha independizado. Toco suelo. Ectoplasmas y arterias vaso conductoras me dejan sola en un transparente azul cielo. Me pongo a bailar. Y giro, giro, giro. Y me sumerjo, me sumerjo, me sumerjo. Y toco, toco, toco. Aprendo a tocar. Mi piel de escama marina tropieza con una superficie grumosa. Me raspa y goteo hemoglobina. Lo observo con curiosidad. Un coágulo espía emite sonidos casi imperceptibles. Escucho. Aprendo a escuchar. Los sensores me arrastran a una pared opaca. Humedad. Rebabas de humedad chorrean de las carnosas oquedades: una emboscada. Un enorme goterón casi me alcanza. Me encuentro a un solitario anfibio e intento atrapar su cola pero se escapa. Voy tras él. Tras unas finas membranas blancas: una forma plástica, ojos oblicuos, piel de escama. ¿Tú? Huelo a mar. Te huelo y aprendo a oler un eau d´été embriagador. Me fundo te fundes. Entonces, un anfibio veloz se desliza entre mis piernas. El coágulo espía se fecunda. Una perla refulge en un coral. Una luz. El cigoto por fin se descongela.