lunes, 19 de marzo de 2012

CARLOTA LINDBERG




Los folios caían al suelo como octavillas impresas. Aún con la ventana abierta declaraban la guerra al viento y permanecían inmóviles en el entarimado del piso. La Olimpia chasqueaba dedos. Y la brillante carcasa reflejaba un esmalte de uñas. El silencio inquietaba la habitación y el golpeteo de las teclas se convertía en una angustiosa certeza. De repente, la máquina paró. El cielo gris presagiaba una lluvia de obuses. Sirenas. Carlota Lindberg se ocultó en la trampilla del subsuelo. Allí continuó escribiendo en la brillante Olimpia mientras la oscuridad se adueñaba de todos sus habitantes. Los toques de queda poblaron oscuras historias en los diarios. Y el miedo y el pillaje se apoderaron de la ciudad-guetto. El muro de las lamentaciones se arrastraba por las calles y la libertad encadenada abandonaba lentamente la ciudad. Las avestruces ocultaban su cabeza en la tierra y los monstruos hacían de las suyas buscando, quizá, la rendición de todo género humano. El tiempo volaba rápido. Carlota Lindberg y su sueño de polizonte se escenificaba con el humo de un cigarrillo sacado de una película negra de serie B o C. Los chasquidos de la máquina descifraban la noche. Los dedos incansables acumulaban horas, horas y más horas. Y el insomnio se ahogaba en una copa de whisky. 50 pavos por noche no están nada mal si trabajas de "negro". Pero su determinación y pasión eran cada vez más fuertes. De pronto, un obús impactó en el edificio y el mundo se fundió en negro. Los escombros no perdonaron a nadie, salvo a la vieja Olimpia que 65 años después sin apenas rasguños preside la mesa de mi despacho al ritmo de un charleston que suena divertido en un gramófono que seguramente también perteneció a Carlota Lindberg.