martes, 17 de abril de 2012

CLOROFILA





He viajado durante siglos a través de los centenarios robles de Entzia, ascendido por los gigantescos bambués de Kyoto, dado color a los paisajes naranjas y ocres de New Hampshire, penetrado en las raíces profundas de los manglares eurasios y subsistido bajo la ceniza volcánica del Puyehue. Desde lo más profundo de la Tierra. Fotosintetizo mis cloroplastos con el frescor del rocío y tiño las hojas en tonos rojos y azulados. El agua reverbera los colores. Las radiales de la palmera ramifican mi espíritu múltiple y el musgo rocoso me indica su sed constante de lluvia. El giro inesperado de un tucán. La piel deslizante de la anaconda y el camuflaje verde del guacamayo me hacen subir a la superficie, siempre guiada a través de la luz solar que se esconde detrás de mis pigmentos ancestrales. Soy mundo. Y un impulso tribal me hace correr ríos de sangre hermana jungla arriba, jungla abajo para taponar la herida alucinógena. El magnesio que desprendo lo inunda todo y se anticipa como linfa antiviral para devolverme mi verde originario. Prometo que os cegaré con fosforescente amarillo para que podáis sentir la brutalidad de vuestros actos. Todo se ilumina. Solo puedo ver a través de mi. Mi propio líquido llega hasta tu voz. El grito yanomami corta el centro de mi universo, el epicentro de mi árbol, la savia que responde, que supura y que no se para... recorre los siglos a través de los centenarios robles de Entzia, asciende por los gigantescos bambúes de Kyoto, da color a los paisajes naranjas y ocres de New Hampshire, penetra en las raíces profundas de los manglares eurasios y subsiste bajo la ceniza volcánica del Puyehue.

Desde lo más profundo de la Tierra.

Un grito de deseperación : ëaiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii