miércoles, 13 de febrero de 2013

DESPUÉS DE MEDIANOCHE





La batidora salpica de fruta los azulejos blancos de mi cocina. Los tropezones del “amor” refrescan el recuerdo de la noche anterior: cuando encabalgábamos la madrugada cubriendo los espacios vacíos por las rendijas del deseo y la respiración entrecortada. Ahora la mesa está puesta. Los discos apilados en la columna del CD me dicen de tu presencia callada en el cuarto de al lado. Jill Scott negrea soul por todos sus poros... mientras al minuto se solapa una canción de Cecilia. Al final pones un chill out tibetano dándole a nuestro salón una pátina de club lounge para cuarentones. Después de engullir unos sabrosos raviolis al graten, saboreamos los tropezones, sin apenas decirnos nada, masticando el silencio pero impecablemente vestidos, yo con mis nuevos zapatos de terciopelo rojo y tú estrenando pullover nuevo. Nos miramos a los ojos un segundo. Pero el ensimismamiento dura poco. Pronto llaman a la puerta. Es un aviso certificado que dejo en el parador mientras terminamos de comer. Te levantas... a por unas copas tan relucientes, que el suave vino blanco parece cristalino cuando lo escancias. Brindamos. Mis pies que siguen la música me llevan hasta tus brazos. Tus manos me rodean la cintura y bailamos en círculo sobre un dibujo geométrico de la alfombra persa. La tarde cae. La calle está desierta. El paso del tiempo nos lleva al sofá sin zapatos ni pullover. Tus masajes en mis pies son de agradecer mientras me acurruco en el cojín y caigo en un profundo sueño.

8 de la mañana. Llueve sin parar. El café está caliente. Te levantas malhumorado y yo leo las malas noticias del día con el ceño fruncido. Ni rastro de la noche anterior. Ni de los tropezones, el vino ni el baile. Sin tema de conversación, nos miramos un segundo a los ojos. Pero el ensimismamiento dura poco. Pronto llaman a la puerta. Para mi sorpresa, no es un aviso certificado. Es un bouquet de rosas rojas. Leo la dedicatoria que me hace sonreír. Disimulas mirando el poso del café. Me acerco a ti y te beso. Esbozas una leve sonrisa antes de sumergirte en la lectura del periódico y empaparte de sus malas noticias. Me asomo a la ventana. Recogemos nuestras cosas despacio. Salimos cogidos de la mano. Caminamos por las calles sin asfaltar. Las ratas carcomen los cimientos de la ciudad que parpadea varias veces antes de desperezarse. En mi ojal llevo una rosa que pinta en mi imaginación los toldos de las tiendas y los autobuses del color de la pasión y que me hace dejar atrás los recuerdos de un tiempo habitado y ahora olvidado por el desahucio del día a día.


                                                                      
                                                               
 Para Jorge Girbau Bustos.
                                                                 Feliz Día de San Valentín.