sábado, 6 de abril de 2013

CENTENARIO





Los sauces se agitaban por la brisa de un día  de verano. Muy suavemente. Deshojaba la margarita sentada en un banquito de un prado. Los columpios se balanceaban haciendo chirriar sus cadenas y mientras subía a uno soñaba con alcanzar las nubes en un cielo infinito que sólo me ofrecía preguntas abismales y azules desde muy niña. Antes de comer, el humo de una pipa asomaba delante de una prominente nariz que presidía unas enormes gafas de culo de vaso. Esta chimenea humana boqueaba y exhalaba cada 15 segundos un abuelo de 100 años de historia. Las letras alfa, omega o epsilón bailaban etéreas en una hoja de papel cuadriculada y que junto a las del abecedario latino convivían en feliz armonía en una calurosa tarde de agosto. Las lecturas de folletín de un tiempo acabado en los ojos de mi abuelo y el periódico matutino que traía el olor de las magdalenas frescas, las de toda la vida, para desayunar componían el quehacer diario. Escribía matemáticas en mis cartas juveniles mientras la chimenea humana chupaba la pipa de la paz en una sopa de calima moteada de mosquitos vivientes. La tarde obtusa se guardaba en la siesta a ronquido perdido en la estancias silenciosas de la casa. El característico rugido dotaba de identidad al abuelo junto con la comida copiosa, el buen vino, y cómo no, la pipa. El sillón orejero era su trono. Yo escuchaba música y cuadraba valencias en el cuarto de al lado. La memoria es muy flaca y yo no me acuerdo que pasó cuando las hormigas invadieron el alféizar y el apagón accidental de una bombilla nos hizo despertar de unas vacaciones de ensueño, al abuelo y a mí. Desde entonces, empezaron a cambiar las tornas: la chimenea humana cada vez era menos habitual. Con el tiempo, se volvió más agriada y más indigesta, perdiendo su brillo y simpatía. En cambio yo estudiaba la seriedad de unas letras antiguas porque había que hacerse mayor. Y los títulos de los libros volaban sin descanso... El comienzo de las derrotas no aplacó al abuelo pese a sus lágrimas ausentes, empecinado en batallar y en última instancia, de darnos la batalla a los demás. Y a mí que, con el agua al cuello tampoco me achantó. Como resultado, se libró una contienda de titanes: sobreviví a las heridas abiertas pero con el saldo final de la amargura de una relación rota. Pactamos el último término. Así, en paz yo vuelvo a la vida que no me da tregua dejando los despojos de un ayer traicionero y la memoria viva del abuelo que le echó un pulso a la muerte. Y lo ganó en su inmortalidad.