miércoles, 14 de agosto de 2013

MUDANZA



Echo un último vistazo a la habitación vacía. No queda nada de lo que fue unas horas antes. Al desnudo los pisos carecen de la vida y la personalidad de quienes los hemos habitado. Es como si con el cambio, el paisaje quedara en suspenso a expensas de ser vivido otra vez. Con otro nuevo comienzo, con otra nueva historia, volverá a ser un lugar coqueto y acogedor. Las paredes estarán pintadas de un color distinto. Puede que ni el retrete tenga la misma forma o sea de esos de estilo japonés que te limpian hasta el felpudo. Y los tabiques de la cocina que no pudiste reformar darán paso a un salón hermoso con un espacio diáfano y minimalista. Sin embargo, ahora mismo tan vacío deja un regusto de nostalgia y a lo único a lo que te puedes agarrar es a la maletita azul que tienes preparada para la nueva fuga que te espera. Sin nómina ni futuro. A merced de la incertidumbre del qué pasará. Nos arreglaremos, qué remedio, cielo. Un océano, dos islas desiertas pueden formar un archipiélago en cualquier orilla del mundo. Así que, abro la ventana del baño y quito el ambientador de lavanda (sí, ya no es de limón). Cojo la maleta, cierro la casa y entrego las llaves a Valentín, el portero. No quiero mirar atrás. Una bandada de aves migratorias se aleja en el horizonte.