martes, 14 de enero de 2014

ÍNFIMO



A punto de nieve, esta mañana el hielo ha congelado los cristales del salón. Los chupones cristalizan el rocío de los helechos que se inclinan hacia el suelo pidiendo clemencia sin que roce la tierra escarchada. Tomo algunas notas. La necesidad de avituallamiento me exaspera y la incomunicación es un desagradable recordatorio de no poder hacer nada al respecto. Los llantos de sonajero interrumpen mi soliloquio. El pecho. Succiona, mi niño. Dulces golpecitos en la espalda. Las nanas de la abuela suavizan los párpados ya soñadores. Corro la cortina jaspeada y veo que el quitanieves está próximo y a muy pocos kilómetros de aquí. Espero, no sé si en vano, que el puerto quede abierto en un par de horas para poder al menos transitar y traer algo de comida. Pocos vecinos bajan al pueblo. En la parte trasera de la cocina aún quedan algunos troncos partidos. Enciendo el horno de leña. A mi espalda un golpe de viento abre la verja con brusquedad. Intuyo. Mi vello se eriza mientras mi mano alcanza el pomo de la puerta. A mis pies un reguero de sangre me conduce a la caseta del perro. Veo cómo Charlie se lame las heridas con un gesto de dolor agudo. Me arrodillo y le acaricio para que se tranquilice. Noto su pulso acelerado. Y el aliento del francotirador muy cerca de mí. Me retiro instintivamente. Un proyectil impacta en la empalizada. Me resguardo en la despensa. Cojo la escopeta y disparo al aire sin apenas descubrirme. Otro disparo me desafía. Y varios impactos de mi escopeta le responden, ahuyentándolo. Me asomo y veo entre los matorrales a un hombre que levanta los brazos. Despacio, me acerco, pero sin dejar de apuntarle. Bajo el cañón de la escopeta. Es Santi, el vecino. Traigo algo de comida, Tere. El puerto se abrirá en una hora. Sólo pude conseguir esto. Procura pasar un buen día y cuídate de los cazadores furtivos. Descuida, lo haré. Gracias. Entro en la casa y me cercioro de que todo está en orden. Aún no las tengo todas conmigo: un silencio de calma chicha rodea toda la casa. Guardo las provisiones en la despensa. Pero mi instinto no se fía. Oigo el crujir de la madera. Y unos pasos. Tengo el gatillo preparado. Espero a que se asome. Disparo. No lo remato, ya tiene entre ceja y ceja el tiro de gracia. Con la culata de la escopeta empujo el cuerpo hacia la puerta lateral del jardín. En pocos segundos, su cadáver en el suelo helado desaparece como si nunca hubiese existido. Las huellas de sangre se quedan huérfanas. Charlie olfatea nuevos copos de nieve y el hielo empaña de nuevo los cristales del salón. Una ínfima nota de amor toca el timbre de la puerta, los llantos de sonajero me sacuden el alma.... Regresas.


jueves, 2 de enero de 2014

RECITAL DE CUENTOS EN LA LiVRERÍA ( MADRID, DICIEMBRE, 2013 )


Recital de cuentos en La LiVrería con Valeria Marcon. ( Madrid, 18 diciembre, 2013 ).












































Fotos: Natalia Martín Hernández
/ Héctor Navarro Rodríguez